Por Stephen Zogopoulos, USNN World News
17 de enero de 2026 – A la sombra de la escalada de protestas en todo Irán y el espectro de una intervención militar estadounidense, vale la pena detenerse a imaginar un futuro radicalmente diferente. ¿Qué pasaría si Estados Unidos e Irán lograran una paz genuina? No los frágiles altos el fuego ni los acuerdos secretos que hemos visto antes, sino un acuerdo duradero bajo el nuevo liderazgo iraní, libre de las garras de la corrupción política y de la sombra del terrorismo. Imagínense un Irán donde la gente sea verdaderamente libre, los flujos comerciales fluyan sin obstáculos y el Medio Oriente exhale un suspiro colectivo de alivio. Esto no es sólo una ilusión; es una visión plausible basada en precedentes históricos y realidades emergentes. Pero llegar allí requiere medidas audaces y decisivas.
¿Cómo sería esta paz?
En este mundo de “qué pasaría si”, Irán emerge de décadas de aislamiento como una nación vibrante y moderna. Bajo un nuevo liderazgo –tal vez una figura como el príncipe heredero Reza Pahlavi, que ha abogado públicamente por reformas democráticas y el fin de las guerras por poder del régimen– el dominio teocrático de la República Islámica se disuelve. La corrupción política, que durante mucho tiempo fue un sello distintivo del gobierno de los mulás, se erradica mediante una gobernanza transparente, reformas judiciales independientes y medidas contra la corrupción modeladas a partir de transiciones exitosas en estados posautoritarios como la Sudáfrica posapartheid o la Europa del Este postsoviética.
El pueblo iraní, libre de la opresión, prospera en una sociedad que prioriza los derechos humanos y las oportunidades económicas. Las mujeres reclaman espacios públicos sin miedo, los disidentes hablan libremente y los jóvenes (impulsores de las protestas actuales) canalizan su energía hacia la innovación en lugar de la resistencia. Una vez eliminada la amenaza del terrorismo patrocinado por el Estado, grupos como Hezbolá y los hutíes pierden su principal respaldo, lo que genera un efecto dominó de desescalada. La guerra civil de Yemen llega a su fin, la frágil democracia del Líbano se estabiliza e Irak se concentra en la reconstrucción en lugar de en batallas por poderes.
Económicamente, el libre comercio se convierte en la piedra angular de esta nueva era. Las sanciones se levantan cuando Irán desmantela de manera verificable sus ambiciones de armas nucleares y cesa la proliferación de misiles balísticos. A cambio, llegan inversiones estadounidenses y europeas que revitalizan el sector petrolero, la industria tecnológica y la agricultura de Irán. Imaginemos empresas conjuntas: empresas estadounidenses que se asocian con nuevas empresas iraníes en energía renovable, aprovechando el vasto potencial solar de Irán, o intercambios agrícolas que impulsan la seguridad alimentaria en la región. Los volúmenes comerciales podrían aumentar en cientos de miles de millones, creando empleos y reduciendo la pobreza que alimenta el extremismo.
A nivel regional, la paz se extiende hacia afuera. Israel e Irán normalizan sus relaciones, ampliando los Acuerdos de Abraham a lo que Pahlavi ha llamado los “Acuerdos de Ciro”, un guiño al antiguo rey persa que liberó a los judíos del cautiverio babilónico. Las naciones árabes, recelosas de la agresión pasada de Irán pero ansiosas por establecer vínculos económicos, se unen. Arabia Saudita e Irán colaboran en la estabilización de los precios del petróleo, mientras que los esfuerzos conjuntos contra el terrorismo desmantelan las redes islamistas restantes. Oriente Medio, que durante mucho tiempo fue un polvorín, se transforma en un centro de conectividad: trenes de alta velocidad que unen Teherán con Tel Aviv, festivales culturales que celebran la herencia persa-judía compartida y un turismo en auge a medida que sitios antiguos como Persépolis atraen a visitantes de todo el mundo.
A nivel mundial, estos dividendos de la paz se multiplican. Estados Unidos ahorra miles de millones en gastos militares que antes estaban vinculados a contener a Irán, redirigiendo fondos a prioridades internas como la infraestructura. Los mercados energéticos se estabilizan, lo que reduce los precios del gas en todo el mundo. Y como Irán ya no es un actor deshonesto, desafíos más amplios, como el cambio climático y las pandemias, requieren una mayor cooperación. Un Irán alineado con Occidente podría incluso salvar las divisiones con Rusia y China, fomentando un mundo multipolar donde la competencia no desemboque en conflicto.
Esto no es una utopía; es realismo alcanzable. La historia nos lo muestra: Alemania y Japón después de la Segunda Guerra Mundial surgieron de las cenizas para convertirse en aliados de Estados Unidos mediante el cambio de régimen y la reconstrucción. Irán, con su población educada y su riqueza en recursos, podría hacer lo mismo.
Un camino real para hacerlo realidad
Pero los sueños requieren acción. La crisis actual, marcada por protestas a nivel nacional desde finales de 2025, una brutal represión que se ha cobrado cientos de vidas y el despliegue por parte del presidente estadounidense Donald Trump de un grupo de ataque con portaaviones en la región, presenta un momento crucial. Trump se ha retirado de los ataques inmediatos, citando garantías de que los asesinatos han cesado, pero las tensiones aumentan con nuevos aranceles a las naciones que comercian con Irán y advertencias de “graves consecuencias” si se reanuda la represión.
El camino a seguir comienza apoyando el cambio interno. Estados Unidos debería amplificar las voces de los manifestantes mediante presión diplomática y sanciones selectivas contra funcionarios del régimen, evitando al mismo tiempo una intervención militar amplia que podría unificar a los iraníes contra los forasteros. Como indican los informes, la ayuda rusa al régimen (incluidos los vehículos blindados) pone de relieve la necesidad de un aislamiento internacional. Reunir a aliados como Arabia Saudita, Qatar y Omán, que ya han presionado contra la escalada, para formar una coalición que respalde una transición pacífica.
Hito clave: colapso del régimen o reforma que conduzca a un nuevo liderazgo. Pahlavi, que cuenta con un amplio apoyo entre los iraníes a su visión de poner fin a la militarización nuclear y al apoyo de sus representantes, podría servir como figura de transición. Estados Unidos debería reconocerlo condicionalmente, vinculando la ayuda a elecciones democráticas dentro de un año.
En el plano diplomático, reactivar las conversaciones indirectas mediadas por Omán, como se vio en las negociaciones de 2025. La “presión máxima” de Trump ha funcionado antes (paralizando la economía de Irán y forzando su acercamiento), pero combínela con incentivos. Ofrecer un alivio gradual de las sanciones a cambio de medidas verificables: detener el enriquecimiento de uranio más allá de los niveles pacíficos (como los informes de la OIEA sugieren que Irán está cerca del nivel armamentístico), desmantelar las reservas de misiles con un alcance de más de 2.000 kilómetros y cortar los vínculos con sus representantes. A cambio, proporcione paquetes económicos: 50 mil millones de dólares en ayuda para la reconstrucción, comercio normalizado e integración en organismos globales como la OMC.
Militarmente, mantener la disuasión sin provocación. La presencia del USS Abraham Lincoln garantiza que Irán no cometa errores de cálculo, pero enfatiza las opciones cibernéticas y de precisión sobre la invasión para minimizar el daño civil.
Cronograma: Corto plazo (meses), respaldar a los manifestantes para forzar concesiones. A mediano plazo (1-2 años), instalar un gobierno interino y negociar un “gran acuerdo”. Normalización total a largo plazo (más de 5 años) con seguimiento para evitar retrocesos.
Los críticos pueden calificar esto de ingenuo, pero ignorar la oportunidad corre el riesgo de un conflicto interminable. Trump, el negociador, ya ha negociado ampliaciones de los Acuerdos de Abraham; ¿por qué no esto? Para el pueblo iraní que sufre apagones y derramamiento de sangre, y para un mundo cansado de la agitación en Oriente Medio, este camino no sólo es posible: es imperativo.
La elección es nuestra: enemistad perpetua o un salto audaz hacia la paz. Elijamos lo último.
Descargo de responsabilidad: este artículo de opinión es una exploración especulativa de un escenario hipotético basado en las tendencias geopolíticas actuales. No aboga por ninguna acción específica y refleja las opiniones del autor, no las de USNN World News ni ninguna entidad afiliada.




























